sábado, noviembre 21, 2009

Manifestación convocada por la Plataforma en Defensa de la Filosofía

lunes, noviembre 16, 2009

El hombre del casino provinciano





El sábado 14 del corriente Fernando Savater publicaba en la Tribuna de EL PAÍS, el periódico global en español, un artículo que parecía hablar de ese asunto tan controvertido de la autoridad de los profesores pero que realmente, de tapadillo, nos volvía a traer a la palestra una cuestión cuya rabiosa actualidad no logro comprender por más que lo intento. Es cierto que debería haberlo entendido ya, por la profusión de acicates que me rodean: un cineasta que vuelve a proponernos como tema candente la lucha contra la Iglesia, una política nacional en la que la Iglesia se manifiesta y se coloca en el candelero de la opinión pública, como si nos importase o afectase algo tal opinión, un continuo y telediario forcejeo de los poderes del Estado con los mandamases eclesiásticos, como si éstos constituyesen el interlocutor válido y único de las decisiones legislativas de esta tan moderna democracia novecentista...
Debería ya haber entendido por qué un catedrático de Ética, lector de Cioran y tan hijo de su tiempo, cuando va a tratar de la autoridad del profesor, no se ocupa de señalar a los políticos que de forma pública y notoria han acabado con tal función a golpe de legislazo, sino que inmediatamente nos pone delante de los del crucifijo, esto es, nos instala de patitas en el casino del pueblo, donde los prohombres liberales hablan de las últimas ocurrencias del cura párroco, con los hombros llenos de caspa y bajo el bigote gris labios de hastío.
La cuestión es peliaguda, porque, en los escritos de algunos intelectuales presuntamente progresistas de esta época nuestra, no parece haber más cuestión que la anticlerical, y vive Dios que yo no adivino a entender qué trauma infantil no superado les ha hecho no ver más enemigo que éste, cuando el enemigo real, no el fantasma inconsciente del trauma, campa por sus respetos de manera manifiesta y chulesca en los Parlamentos, en los Gobiernos, en las Leyes y en los despachos de las Administraciones Públicas (a veces incluso, como en el caso de los Cristianos socialistas —Peces Barba, Bono, etc— o en el de los píos opusdeístas o legionarios del PP —José Trillo, Ana Botella— dándose la coincidencia de que el enemigo, además de político, sea también santurrón meapilas).

El texto de Savater empieza bien, aunque no logra del todo distinguir con precisión la autoridad que cabe atribuir a la función de
profesor y la que puede poseer por esta razón o la de más allá una persona (por carisma, distinción, poder, sabiduría, bondad, etc, etc). No pasa nada. Casi nadie en las discusiones habidas estos últimos días ha sabido distinguir una castaña de un huevo (salvo honrosas excepciones) e incluso se ha dado el caso de que los detractores de la función docente de inmediato han aprovechado la coyuntura y han soltado la perla esa de: “la autoridad no se concede, hay que ganársela”, poniendo de manifiesto que para ellos, los salvadores de la educación, el oficio de enseñar no merece ni el más mínimo de los respetos, respeto que sí merece, según ellos, el que, personalmente, por sus propias gracias, puede ganárselo. O sea, sálvese quien pueda y a los demás que os den por... donde amargan los pepinos. ¡Son de un gracioso éstos salvadores de la educación! ¡De un progresista y de un enrollao!

Savater comienza así:
“Muchos de los que se oponen a conceder a los docentes estatuto de autoridad pública (casi siempre porque la propuesta proviene de fuera de su clan) sentencian que "la autoridad no es algo que pueda conferirse por decreto sino que hay que ganársela". Y se quedan muy orondos después de proferir lo que en la mayoría de los casos es una obviedad y, en el que nos ocupa, también una sandez. Sin duda la auctoritas del maestro -o sea, el espontáneo respeto y casi veneración a su figura y a su magisterio- es cosa que algunos conquistan merced a sus dotes personales: habilidad para comunicar, simpatía, equidad, etc... En una palabra, carisma: algo que no siempre dan la experiencia ni la buena voluntad. Estupendo para quien lo posee y para los afortunados que han disfrutado de profesores así.
Pero el carisma no basta, porque hay buenos profesores que no lo tienen... así como también alumnos y padres refractarios ante él. Y ni las clases van a suspenderse ni las escuelas cerrarse o convertirse en un infierno por la falta de carisma.
También la armonía conyugal (o entre padres e hijos) es cosa que no puede ordenar un juez, pero por si acaso es bueno que haya una legislación bien clarita contra el maltrato. Carismática o no, la figura del profesor debe ser reforzada: dotarla de rango de autoridad pública no es sino institucionalizar el respaldo social que siempre merece. Se establece que en su caso, como en el de otros servidores públicos, los menosprecios y agresiones tienen mayor gravedad que las rencillas privadas porque implican la obstaculización de un propósito común y necesario para toda la ciudadanía. No solventa desde luego todos los problemas de la escuela pública actual, pero colabora a mejorar el estatuto de quienes más directamente los padecen.”


Ahora es cuando viene el giro que descoloca:

“Claro que en nuestro país ese objetivo social no es aceptado sin abundantes discrepancias. Algunos creen que la enseñanza no debe ser -en el terreno moral y cívico- más que una reiteración ampliada de las doctrinas que profesan los progenitores, sean cuales fueren: los maestros sólo son unos empleados al servicio de los prejuicios familiares. Ni educación para la ciudadanía, ni ciencias del mundo contemporáneo, ni formación sexual obligatoria, nada de lo que pueda alterar sacrosantas supersticiones caseras. Para otros, separar a los varones de las hembras da mejores resultados académicos (quizá debiéramos extender la receta a la sociedad entera, quién sabe si hallaríamos así el paraíso) y no faltan defensores de que los niños no deberían ir a la escuela a corromperse y perder el tiempo, porque como en el hogar no se aprende en ninguna parte. Invocar cualquier tipo de consideración socializadora o de los derechos de la comunidad a la formación de quienes van a gozar de sus garantías democráticas les parece a esos pedagogos disociativos una imposición totalitaria.”

Y más adelante:

“A raíz de la obvia sentencia del Tribunal de Derechos Humanos europeo sobre el crucifijo en las aulas, hemos vuelto a oír las protestas habituales, igual de mal argumentadas. Los unos: "¿A quién puede ofenderle un crucifijo, símbolo de perdón, etcétera?". Respuesta: a nadie, claro. En cambio, ofende a los laicos y a los partidarios de la libertad de conciencia que se invada un espacio que debe permanecer confesionalmente neutral con símbolos respetables pero partidistas. Los otros: "¡Ignorantes, se trata de una expresión cultural, no religiosa!". Respuesta: ignorante usted, so merluzo, porque el crucifijo es una expresión cultural en tanto que religiosa. La prueba: colocar sobre la taza del retrete una reproducción de la Gioconda o del Pensador de Rodin (más apropiado) puede ser de mejor o peor gusto ornamental, pero poner un crucifijo será una provocación que irritará justificadamente a muchos creyentes.
Dejo de lado a los multiculturalistas que recomiendan traer a las aulas, junto al crucifijo, versículos del Corán, candelabros de siete brazos, imágenes de Buda, moais de la Isla de Pascua, etcétera. En época de crisis, no es bueno sobrecargar los gastos de material escolar”.


¡Pues con estos mimbres vaya cestos que vamos a hacer! Nos podemos figurar en qué hubiese quedado convertido el señor Germain, el maestro de Camus que Savater rememora en el artículo, si en lugar de tener que enseñarle literatura al pequeño Albert hubiese tenido que transmitirle sus opiniones sobre conducta sexual profiláctica, sobre valores buenrrollistas o sobre moral contemporánea tecnocientífica a la mayor gloria de Al Gore. Estoy seguro que Camus se hubiese acordado de él por las pelotillas que le tiraban en clase. Savater es incapaz de ver que el desprestigio de la función docente proviene, entre otras muchas causas, de esta capacidad del Legislador para colocar como enseñable en las aulas lo que no pasa de ser un asunto de decisión personal y, por tanto, subjetiva, relativa, individual. Y que la conversión de la
enseñanza de las materias en educación para los valores es el mayor atentado cometido contra el sistema estatal de enseñanza vía LOGSE. Pero él no ve esto. Él, aceptando que lo que hay es chachipiruli, de inmediato encuentra los culpables en los padres intransigentes o segregacionistas y en los intolerantes del crucifijo o de la media luna. ¡Cuando resulta que a éstos el sesgo que ha tomado la enseñanza, su metamorfosis en educación moral, les ha venido de perlas! ¿No sabe el señor Savater que el desmesurado aumento de la enseñanza privada sufragada por el Estado se ha visto facilitado por la “moralización” del aula, por esa posibilidad de que los padres eligan “la educación que creen más adecuada para sus hijos”, esto es, por la apertura de un “mercado de valores”?
Si algunos progenitores han llegado a creer que la enseñanza no debe ser más que una reiterada ampliación de sus doctrinas, como él sostiene, resulta que ha sido por dos razones, las dos achacables a un poder político al que don Fernando nunca se refiere:
1) porque el Legislador desde la LOGSE no ha parado de conceder un protagonismo a los progenitores totalmente escandaloso, enfermizo, tóxico;
2) porque el Legislador no ha cejado en ese tiempo de repetir que la enseñanza es asunto doctrinario (léase usted cualquiera de las últimas leyes), despreciando la transmisión del conocimiento objetivo (a la que llama despectivamente “academicismo”) y propulsando la demagógica y doctrinaria “educación de la persona”.

Señor, Savater, ¿cómo no van a estar encantados los progenitores tendenciosos o los religiosos que han cambiado el púlpito por la pizarra con este chollo que les ha montado con sus dos leyes generales el Partido Socialista y Obrero y Español? ¿Cómo no van a aplaudir hasta rabiar los que siempre habían deseado que las aulas fuesen lugares de propagación de sus valores? ¿Se figura usted lo cojonudo que debe sentirse el que ahora tiene la posibilidad de educar para la ciudadanía abertzale con la bendición del Ministerio de Educación del Estado español? ¿No se da usted cuenta de que si padres tendenciosos o religiosos intransigentes protestan es porque son la otra parte contratante de este sucio negocio?

Dejo una copia de la carta referente a este asunto que envié al director de EL PAÍS, el periódico global en español, y que no me pudieron publicar por falta de espacio, como ocurrió con todas las anteriores.

Dice:

“Señor Savater, perdone que le corrija en este punto pero creo que no ha acertado usted al plantear la oposición que exponía en su artículo de la tribuna del pasado sábado. En lo que atañe al terreno moral y cívico, señala usted la asignatura de “Educación para la Ciudadanía” frente a sus detractores fideístas, como si la tal asignatura (por llamarle algo a cincuenta minutos semanales de ná) efectivamente ofreciese algo diferente a lo que propagan los censores del crucifijo. Nada más lejos. Una de las redactoras del texto de Santillana, por ejemplo, es una conocida catequista. En los Institutos, antes de que estos cincuenta minutos doctrinales nos arruinasen las horas de los Seminarios, se enseñaba “Ética”, materia de la que usted es catedrático, y que, después del desaguisado producido, se ha quedado en un no sé qué también de cincuenta minutos semanales. No creo que se pueda defender la autoridad del profesor acudiendo a los últimos enredos de la pedagogía política, que no sólo han demolido los horarios de las asignaturas que explicábamos, sino que además tergiversan el oficio de profesor. Claro que es menester enseñar lo que uno juzga conveniente (sobre política, sobre la repercusión de la ciencia, sobre sexo humano o angélico, etc...), pero no por temas en un aula de Instituto. Porque nadie, ni los del crucifijo ni los de la democracia, tienen derecho a tomar las aulas elevando a materia de estudio reglada su personal y discutible decisión. Y éste es asunto profesional que poco atañe a padres, pedagogos o ministros. Estaría bueno que, en aras de un Estado democrático, quien dictase qué es ciencia y qué no fuese el Presidente del Gobierno”.

domingo, noviembre 01, 2009

Deseducativos. Levantando el vuelo.





¡Nueva Revista Digital! Se trata de hablar de lo que nos preocupa y poner nuestros escritos en común. Es como ¡Basta ya!, o ¡Ya está bien!, o ¡Estoy hasta las pelotas! en clave docente. Porque los últimos tiempos han plagado nuestra geografía de cadáveres cerebrales. Porque a nadie se le ocurre una Ley de Memoria Histórica de la aniquilación de la memoria. Porque el poder de la educación no puede consistir en la educación del poder (vista el rey desnudo las siglas que vista). Porque ser progresista no significa ser gilipollas. Y porque, como decía Juan de Mairena:

"Primero: Que muchas cosas que están mal por fuera están bien por dentro.
Segundo: Que lo contrario es también frecuente.
Tercero: Que no basta mover para renovar.
Cuarto: Que no basta renovar para mejorar.
Quinto: Que no hay nada que sea absolutamente
impeorable."

viernes, octubre 09, 2009

Las imposturas del misionero 4: los estafadores.


Estos días ha causado un gran revuelo la publicación por parte del profesor Ricardo Moreno del escrito "No es verdad que no sea verdad", como contesta- ción a un "manifiesto" am- pliamente difundido desde Sevilla que sus firmantes titularon: "No es verdad". Muchos de los contertulios de este blog y otros cercanos han dado buena cuenta del asunto: Pseudópodo, Antes de la cenizas, Waldenland25, Profesor en la Secundaria, etc.

El motivo no era para menos. Ricardo Moreno ha tenido la paciencia de responder párrafo a párrafo las sentencias del "manifiesto", a pesar de que el escrito de referencia ofrece un piélago de incongruencias y de que en ningún momento se digna a precisar alguno de los términos que utiliza en sus afirmaciones. Aunque su lectura tiempo atrás nos provocase una gran irritación, se hacía muy difícil discutirlo, porque no contenía una línea que mostrase verdaderamente lo que los firmantes pretendían argumentar. La mayor parte de las afirmaciones sólo exponían consignas, posturas, banderines de enganche.
La oposición básica que subyacía a todo el pretendido discurso, la de una enseñanza tradicional mera transmisora de conocimientos frente a una enseñanza de ahora, participativa e "investigativa" (sic), se planteaba como una oposición indiscutible y que no hacía falta ni siquiera determinar, porque se entendía palmaria de puro diáfana, un algo en el que la banda estaba completamente de acuerdo, un dogma de la secta. Antes bien, en lugar de ofrecer explicaciones se trataba únicamente de dejar bien clara la postura ideológica, con un apoyo meramente sentimental:
"Los profesores que no hacen lo que nosotros decimos y hacemos no saben enseñar. Y por eso está fracasando un sistema educativo que es bueno y progresista pero que no puede prosperar con ellos, sino acatando lo que manifestamos nosotros".

El grupo que apoya el "manifiesto" (la red IRES) sólo pone en tela de juicio la competencia del profesorado. El resto de los parámetros son intocables: la situación social es un hecho que hay que aceptar, la situación económica es un hecho que hay que aceptar, la política educativa vigente es un hecho que hay que aceptar, la supuesta "modernidad" de los alumnos es un hecho que hay que aceptar, que la sociedad ha cambiado es un hecho que hay que aceptar, que a los alumnos no les interesa lo que los profesores "tradicionales" les enseñan es un hecho que hay que aceptar, que los alumnos no están dispuestos a aceptar los métodos de los susodichos profesores es un hecho que hay que aceptar, que los alumnos tienen un mundo propio que no coincide con el de sus profesores es un hecho que hay que aceptar... En suma, se trata de tener unas tragaderas de cien pares de cojones y no quejarse, porque quejarse es enfrentarse al mundo que hay, y que es incontestable y nos viene dado y como se te ocurra oponerte a él, vas a sufrir, y vas a provocar el sufrimiento de tus alumnos...

Nada de lo que hay debe cambiar, excepto los profesores, que son lo único que tiene que cambiar. Porque el profesor ya no puede ser lo que era, sino lo que tiene que ser ahora, esto es, el garante del mantenimiento del statu quo de los alumnos.
Ricardo Moreno, los colegas blogeros, los comentaristas, se han enzarzado, con toda la buena voluntad del mundo, en la discusión pedagógica, pero no se han dado cuenta de que esto importa muy poco. A los autores del "manifiesto" prácticamente nada. Su objetivo es muy otro: la imposición indiscutible de lo que hay, con el apoyo de los poderes a los que sirven y de los medios de comunicación que les amplifican. O dicho de otro modo: la implantación, aprovechándose de la discusión sobre la enseñanza, de una postura política.
No son más que agentes del poder del partido al que sirven -da igual cuál sea- . La enseñanza para ellos no es más que una excusa, un trampolín. Veamos un pequeño ejemplo que pone de manifiesto la torpeza de estos sujetos a la hora de plantear qué entienden por enseñanza, su falta absoluta de preocupación por el asunto que les parece preocupar. Se trata del comienzo de un programa de la televisión andaluza que lleva por título "El club de las ideas" y que a veces versa sobre educación:


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¿A que parece que el presentador está de cachondeo? ¿A que parece una tremenda tomadura de pelo? Hemos visto a un profesor dando la charla, preguntándose y contestándose a sí mismo, mientras los alumnos asisten formalitos y calladitos sin inmutarse, sin mover ni un músculo. La clase no puede ser más ordinaria. El profesor habla, los estudiantes escuchan. Monotonía de lluvia tras los cristales. Lo único que parece alterar el cuadro es que el profesor se ha subido a una mesa, despatarrado (¡qué moderno!, habrá visto aquello de "¡capitán, mi capitán!"). Los sufridos alumnos asisten impávidos a la mostración en primer plano de las gónadas de su participativo profesor (estaría mucho más presentable, si lo que le gusta es la altura, subido a una tarima). Y el presentador del programa afirma, y reitera, como para convencerse a sí mismo:
"Seguro que estas imágenes del profesor Fulanito dando una estupenda clase de Literatura participativa... Una clase muy participativa, desde luego, la suya" Y continúa: "Estas imágenes le gustarán mucho a nuestro invitado de hoy... Le gustarán porque representan un modelo de educación abierta, participativa... (Lo vuelve a decir, por si no nos habíamos dado cuenta) Sin embargo, no parecen representar la opinión que la mayor parte de la gente tiene de la educación ???????" (claro, porque según el dogma que se va a sostener en el programa, la mayor parte de la gente no desea una educación abierta y participativa, como la que tan magníficamente ofrece el soliloquio del profesor exhibicionista de sus gónadas, sino otra cosa mucho más mala y aviesa).
¡Es de chiste! Lo que viene después no tiene desperdicio, pero el arranque de la cosa ya nos pone sobre aviso de que lo que se va a contar es un timo, una trola. Una estafa.

A lo largo de la entrevista, dividida en tres partes, el catedrático de Didáctica Rafael Porlán (o sea, un señor que enseña a enseñar a otros que se dedicarán a enseñar y así hasta el infinito), alma promotora del "manifiesto", entre otras, se muestra como un auténtico gañán, diciendo cosas que harían sonrojar incluso hasta a cualquier neopedagogo que tuviera dos dedos de frente. Algunos colegas ya han dado buena cuenta de sus majaderías (la de la tabla de multiplicar es para troncharse). Pero insisto. Le da absolutamente lo mismo. Le importa un carajo. No va al programa a explicar racionalmente una tesis, ofreciendo apoyos rigurosos y pruebas objetivas. Lo único que pretende es propagar una postura, convencer a la feligresía. El momento más sublime ocurre cuando, para ejemplificar que el alumno tiene "su mundo", y que si éste no entra en la escuela aquél tampoco, acude a la experiencia de las 3.000 viviendas (¡hostias, las 3.000 viviendas de las pelotas, las de Zemos'98, el observatorio etnológico de los sevillanos!) y afirma que lo que hay que hacer es hablarles de las drogas y eso. Veamos:


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Por supuesto, a los desgraciados hay que hacerles aceptable su miseria. Sus ejemplos acuden siempre al oficio de médico, al cuidado del enfermo.
La enseñanza no es una tarea que trata con lo saludable, sino una terapia, un oficio que se ocupa de lo patológico. Hay que traer los problemas de los alumnos al aula (el meta-enseñador repite en el vídeo lo de los problemas una y mil veces). La clase debe ser pura terapia. Los alumnos no son más que enfermos. El profesor ha de tener vocación para atenderles y para que vivan con dignidad su enfermedad. Tiene que mentalizarse y mentalizarlos. Lo que hay es bueno, ellos y sus profesores son los enfermos. Hay que hacerles ver que no tienen que buscar una solución. Que no hay más mundo que la mierda en la que viven. Que cualquier sueño de otra vida que la enseñanza les pudiera procurar no sería más que vana ilusión.


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Y que hay que seguir votando a los que manden en la Junta. Eso es verdaderamente lo que este señor quiere decir. Lo satisfecho que está de lo que ocurre. Lo ufano que se siente con el apoyo que sus políticos otorgan a la renovación pedagógica. Lo contento que está con su plaza de enseñar a enseñar. Lo agradecido que está a los señores que le hicieron Catedrático. Lo feliz que es, coño. Él, sano, entre tanto enfermo.

domingo, septiembre 20, 2009

Las imposturas del misionero 3: el parvulario universitario.





El texto pertenece al blog del profesor García Amado, y lo traigo aquí con su permiso.
Lleva por título: "Vola- tilidad del progresismo pedagógico".

"Queda un tanto ampuloso el título, pero es un pretexto para volver a hablar de las perplejidades de uno ante las reformas universitarias en curso. Sin ir más lejos, hace quince o veinte años se consideraba un gran avance progresista el que se hubiera eliminado de tantos Estatutos de Universidad la obligación de que los estudiantes asistieran a clase. Parecía que así se les trataba al fin como adultos libres, capaces de saber lo que les conviene y aptos para administrar su tiempo como más rentable les parezca para preparar las pruebas de las que depende su nota. Además, disponían de una disculpa excelente para sancionar con el abandono a tanto profesor tedioso, desagradable o desinformado. Pero ahora resulta que no, que la atadura al pupitre retorna por la puerta de atrás y que el alumno universitario vuelve a la condición de público cautivo.
Díganme si no qué significan esos modos de evaluación que disponen que un tercio de la nota final será por asistencia a las clases dizque magistrales, otro por participación en seminarios y practicas y, como mucho, otro por el examen o prueba final. De lo que se desprende con meridiana claridad que no pasa el que no aguante dócilmente en clase y no haga allí las capulladas que el profesor de turno aprendió de esos cantamañanas que se forran dando cursitos sobre nuevos métodos para convertir la universidad en un parvulario de educación especial. Venga, chicos, ahora hacéis grupitos de cinco, debatís sobre esta noticia y luego elegís un portavoz y nos decís a todos qué habéis descubierto sobre la física de partículas. Tiene bemoles.
Hace unas cuantas décadas semejante reforma habría puesto al estudiantado a tirar piedras y quemar bancos de las aulas. Ahora no. Ahora cunde la idea de que el título universitario se puede obtener más fácilmente mediante la simple estabulación, levantando el dedito y poniéndole caritas al pobre diablo que explique en clase que la eme con la u mu y practicad en círculos estirando todos el morrete así p´afuera. Ahora no protesta ni el tato, por razones bien mezquinas, pero lo más gracioso es que hasta hay quien desde partidos que se dicen progresistas intentará convencernos de que ésa es la enseñanza avanzada que nos hará libres e iguales. La madre que los parió, qué cara más dura tienen.
Hace unas décadas se estimaba reaccionaria la sumisión cuasifeudal de los jóvenes profesores al respectivo cátedro de la disciplina y se quiso democratizar la universidad dando a todos su voto y su igual derecho. Había que acabar, y no sin razón, con ciertas prácticas viciosas que en algunos lugares se daban y que servían para que el joven ayudante lo mismo tuviera que pasear el perro del jefe que hacerle de negro para algún escrito que firmaba el otro. Había miedo y convenía nadar y guardar la ropa, por si acaso. Ahora los nuevos profesores siguen en precario y el miedo simplemente se desplaza, pues el señor absoluto pasa a ser, además, lejano, ignoto y embozado.
Por una parte, se obliga a todo aspirante a ascenso a humillarse recibiendo cursetes e implorando un cargo de lo que sea, por el amor de Dios, que miren que, si no, se me queda en blanco ese apartado de la aplicación informática que tengo que rellenar para crecer; o rogando que se le meta, incluso con calzador, en muchos proyectos de investigación, aunque sea con la única función de servir los cafés. Y los jóvenes no se rebelan, para nada, acatan y cumplen porque saben que, si no, el informante enmascarado al que la agencia evaluadora pedirá su docto veredicto dirá que no alcanzan los puntos porque no vale y no dio ni golpe ese candidato que sólo se ha dedicado a investigar como un poseso, a escribir artículos y monografías y a impartir una docencia que no cuenta un pimiento si no va acompañada de medios audioviduales, nuevas tecnologías y materiales superchulis en la red. Y eso, al parecer, es progresista, liberador e igualitario. Si un día de estos a alguna agencia evaluadora le da por decir que hay que lograr diez puntos haciendo el pino o retratándose las partes, los tendremos a todos con lumbago y en pelota picada para hacer méritos. Protestar, ya no protesta ni el apuntador, pues, si antes había miedo, ahora existe terror. Antes asustaba el catedrático y ahora espanta el oráculo distante.
Insisto y me repito: mientras no pasemos unos cuantos a la clandestinidad y no capemos a unas docenas de pedobobos, seguirá el abuso y la insoportable ola de insufrible incompetencia que nos invade. Tendrán los historiadores que explicarnos algún día cómo fue posible que esos torpes iletrados se hayan hecho con las riendas del poder universitario y hayan convertido su alicorto designio en ley y modelo. Y en qué cabeza cabe que, justo cuando está demostrado que sus métodos pueriles han fracasado estrepitosamente en las primaria y secundaria, se impongan sin debate ni alternativa en las universidades.
Propongo para todas las titulaciones una nueva asignatura transversal, de gran competencia y mucha habilidad y con muchos créditos: la emasculación de pedobobo. Verás como se nos arregla la enseñanza en un santiamén".

jueves, septiembre 10, 2009

Las imposturas del misionero 2: nadie sabe para quién trabaja.




Vargas-Llosa no es un santo de mi devoción, aunque siempre me ha gustado cómo escribe. Su artículo va dedicado al personaje anónimo que intentaba colarme un comentario en la anterior entrada llamándonos (¿será a la Reina y a mí?) "fachas" y afirmando que nos leen "y se parten la poya (sic) de todos nosotros (¿la Reina y yo?) porque somos unos pringaos y no valemos para nada". Pues va por usted, Anónimo, esto que seguro le parecerá refacha, porque usted, no hay más que verlo, es un peasho de libertario como un miura de grande.


"Hace ya de esto algunos años vi en París, en la Televisión Francesa, un documental que se me quedó grabado en la memoria y cuyas imágenes, de tanto en tanto, los sucesos cotidianos actualizan con restallante vigencia.

El documental describía la problemática de un liceo en las afueras de París, uno de esos barrios donde familias francesas empobrecidas se codean con inmigrantes de origen subsahariano, latinoamericano y árabes del Magreb. Este colegio secundario público, cuyos alumnos, de ambos sexos, constituían un arco iris de razas, lenguas, costumbres y religiones, había sido escenario de violencias: golpizas a profesores, violaciones en los baños o corredores, enfrentamientos entre pandillas a navajazos y palazos y, si mal no recuerdo, hasta tiroteos. No sé si de todo ello había resultado algún muerto, pero sí muchos heridos, y en los registros al local la policía había incautado armas, drogas y alcohol.

El documental no quería ser alarmista, sino tranquilizador, mostrar que lo peor había ya pasado y que, con la buena voluntad de autoridades, profesores, padres de familia y alumnos, las aguas se estaban sosegando. Por ejemplo, con inocultable satisfacción, el director señalaba que gracias al detector de metales recién instalado, por el cual debían pasar ahora los estudiantes al ingresar al colegio, se decomisaban las manoplas, cuchillos y otras armas punzo-cortantes. Así, los hechos de sangre se habían reducido de manera drástica. Se habían dictado disposiciones de que ni profesores ni alumnas circularan nunca solos, ni siquiera para ir a los baños, siempre al menos en grupos de dos. De este modo se evitaban asaltos y emboscadas. Y ahora el colegio tenía dos psicólogos permanentes para dar consejo a los alumnos y alumnas -casi siempre huérfanos, semihuérfanos, y de familias fracturadas por la desocupación, la promiscuidad, la delincuencia y la violencia de género- inadaptables o pendencieros recalcitrantes.

Lo que más me impresionó en el documental fue la entrevista a una profesora que afirmaba, con naturalidad, algo así como: "Tout va bien, maintenant, mais il faut se débrouiller" ("Ahora todo anda bien, pero hay que saber arreglárselas"). Explicaba que, a fin de evitar los asaltos y palizas de antaño, ella y un grupo de profesores se habían puesto de acuerdo para encontrarse a una hora justa en la boca del metro más cercana y caminar juntos hasta el colegio. De este modo el riesgo de ser agredidos por los voyous (golfos) se enanizaba. Aquella profesora y sus colegas, que iban diariamente a su trabajo como quien va al infierno, se habían resignado, aprendido a sobrevivir y no parecían imaginar siquiera que ejercer la docencia pudiera ser algo distinto a su vía crucis cotidiano.

En esos días terminaba yo de leer uno de los amenos y sofísticos ensayos de Michel Foucault en el que, con su brillantez habitual, el filósofo francés sostenía que, al igual que la sexualidad, la psiquiatría, la religión, la justicia y el lenguaje, la enseñanza había sido siempre, en el mundo occidental, una de esas "estructuras de poder" erigidas para reprimir y domesticar al cuerpo social, instalando sutiles pero muy eficaces formas de sometimiento y enajenación a fin de garantizar la perpetuación de los privilegios y el control del poder de los grupos sociales dominantes. Bueno, pues, por lo menos en el campo de la enseñanza, a partir de 1968 la autoridad castradora de los instintos libertarios de los jóvenes había volado en pedazos. Pero, a juzgar por aquel documental, que hubiera podido ser filmado en otros muchos lugares de Francia y de toda Europa, el desplome y desprestigio de la idea misma del docente y la docencia -y, en última instancia, de cualquier forma de autoridad-, no parecía haber traído la liberación creativa del espíritu juvenil, sino, más bien, convertido a los colegios así liberados en el mejor de los casos, en instituciones caóticas, y, en el peor, en pequeñas satrapías de matones y precoces delincuentes.

Es evidente que Mayo del 68 no acabó con la "autoridad", que ya venía sufriendo hacía tiempo un proceso de debilitamiento generalizado en todos los órdenes, desde el político hasta el cultural, sobre todo en el campo de la educación. Pero la revolución de los niños bien, la flor y nata de las clases burguesas y privilegiadas de Francia, quienes fueron los protagonistas de aquel divertido carnaval que proclamó como eslogan del movimiento "¡Prohibido prohibir!", extendió al concepto de autoridad su partida de defunción. Y dio legitimidad y glamour a la idea de que toda autoridad es sospechosa, perniciosa y deleznable y que el ideal libertario más noble es desconocerla, negarla y destruirla. El poder no se vio afectado en lo más mínimo con este desplante simbólico de los jóvenes rebeldes que, sin saberlo la inmensa mayoría de ellos, llevaron a las barricadas los ideales iconoclastas de pensadores como Foucault. Baste recordar que en las primeras elecciones celebradas en Francia después de Mayo del 68, la derecha gaullista obtuvo una rotunda victoria.

Pero la autoridad, en el sentido romano de auctoritas, no de poder sino, como define en su tercera acepción el Diccionario de la RAE, de "prestigio y crédito que reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia", no volvió a levantar cabeza. Desde entonces, tanto en Europa como en buena parte del resto del mundo, son prácticamente inexistentes las figuras políticas y culturales que ejercen aquel magisterio, moral e intelectual al mismo tiempo, de la "autoridad" clásica y que encarnaban a nivel popular los maestros, palabra que entonces sonaba tan bien porque se asociaba al saber y al idealismo. En ningún campo ha sido esto tan catastrófico para la cultura como en el de la educación. El maestro, despojado de credibilidad y autoridad, convertido en muchos casos en representante del poder represivo, es decir, en el enemigo al que, para alcanzar la libertad y la dignidad humana, había que resistir, e, incluso, abatir, no sólo perdió la confianza y el respeto sin los cuales era prácticamente imposible que cumpliera eficazmente su función de educador -de transmisor tanto de valores como de conocimientos- ante sus alumnos, sino de los propios padres de familia y de filósofos revolucionarios que, a la manera del autor de Vigilar y castigar, personificaron en él uno de esos siniestros instrumentos de los que -al igual que los guardianes de las cárceles y los psiquiatras de los manicomios- se vale el establecimiento para embridar el espíritu crítico y la sana rebeldía de niños y adolescentes.

Muchos maestros, de muy buena fe, se creyeron esta degradante satanización de sí mismos y contribuyeron, echando baldazos de aceite a la hoguera, a agravar el estropicio haciendo suyas algunas de las más disparatadas secuelas de la ideología de Mayo del 68 en lo relativo a la educación, como considerar aberrante desaprobar a los malos alumnos, hacerlos repetir el curso, e, incluso, poner calificaciones y establecer un orden de prelación en el rendimiento académico de los estudiantes, pues, haciendo semejantes distingos, se propagaría la nefasta noción de jerarquías, el egoísmo, el individualismo, la negación de la igualdad y el racismo. Es verdad que estos extremos no han llegado a afectar a todos los sectores de la vida escolar, pero una de las perversas consecuencias del triunfo de las ideas -de las diatribas y fantasías- de Mayo del 68 ha sido que a raíz de ello se ha acentuado brutalmente la división de clases a partir de las aulas escolares. La enseñanza pública fue uno de los grandes logros de la Francia democrática, republicana y laica. En sus escuelas y colegios, de muy alto nivel, las oleadas de alumnos gozaban de una igualdad de oportunidades que corregía, en cada nueva generación, las asimetrías y privilegios de familia y clase, abriendo a los niños y jóvenes de los sectores más desfavorecidos el camino del progreso, del éxito profesional y del poder político.

El empobrecimiento y desorden que ha padecido la enseñanza pública, tanto en Francia como en el resto del mundo, ha dado a la enseñanza privada, a la que por razones económicas tiene acceso sólo un sector social minoritario de altos ingresos, y que ha sufrido menos los estragos de la supuesta revolución libertaria, un papel preponderante en la forja de los dirigentes políticos, profesionales y culturales de hoy y del futuro. Nunca tan cierto aquello de "nadie sabe para quién trabaja". Creyendo hacerlo para construir un mundo de veras libre, sin represión, ni enajenación, ni autoritarismo, los filósofos libertarios como Michel Foucault y sus inconscientes discípulos obraron muy acertadamente para que, gracias a la gran revolución educativa que propiciaron, los pobres siguieran pobres, los ricos ricos, y los inveterados dueños del poder siempre con el látigo en las manos."

© Mario Vargas Llosa, 2009.



lunes, septiembre 07, 2009

Las imposturas del misionero 1: juegos fatuos y petulancia categórica.


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Supongamos que José Tomás se planta en las Ventas a las cinco de la tarde delante de un miura provisto de un cubo y bien dispuesto para ordeñarle. Por mucho que el diestro intentase convencernos de que había inventado una nueva y más razonable forma de entender la tauromaquia todos pensaríamos que se había vuelto gilipollas, y que convenía apartarle de los ruedos por su bien y por el bien de las criadillas del astado. Habría pocas dudas en el respetable.
Pues bien, esto no ocurre en la enseñanza. El grupo X o el iluminado Y, aficionado espontáneo que salta al ruedo sin que intervenga la Guardia Civil, aterriza en un Instituto poniendo en práctica el primer despropósito que se le haya pasado por la cabeza y no sólo es jaleado por su afición, sino que se permite el lujo, como ocurre con el mozo del vídeo, de dar lecciones tajantes y segurísimas sobre lo que deba ser la educación, lo que deba ser el aula, la labor del profesorado, la superación de una supuesta enseñanza tradicional esperpénticamente descrita, la enseñanza universitaria y, si dura más el vídeo, nos acaba ofreciendo consejos sobre cómo aprovechar la fusión nuclear y las pinzas para alisar el pelo.
Reparemos no en la falta de corrección (lo de "empoderados" duele) que muestra este aficionado para expresarse en público (sin duda, corrección exigible a alguien que se dispone a decirnos a los demás qué es la buena educación) sino en lo que trasluce su discurso. Fijémonos en las intenciones. Son harto reveladoras.


1. El fragmento arranca con una profesión de fe: "yo confío plenamente en la educación". No es sólo una profesión de fe. Es la creencia clave. Es la que va a determinar todo lo demás. Al decir "yo confío en la educación" el terreno queda abonado para cualquier cosa. Todos los criterios de rigor, la más mínima objetividad, desaparecerán del mapa, porque ante algo como la "EDUCACIÓN", que puede significar lo que se quiera, que puede estar en todas partes, que puede ser atribuida a cualquiera, el más mínimo atisbo de duda o de precisión desaparecen. El espontáneo aficionado acaba de tirarse al ruedo con un cheque en blanco. Si ante la afirmación del cura párroco: "Creo en Dios Uno y Trino" enarcabas una ceja, te caía una hostia del Inquisidor General de Padre y Muy Señor mío. Una vez encajado el guantazo y aceptado el preámbulo lo demás caía por su propio peso. Pues lo mismo ocurre con "yo confío plenamente en la educación" (atención a la cara de circunstancias que pone el aficionado cuando profiere su profesión de fe). Da igual qué sea "confiar", qué se entienda por "educación" y para qué se confíe. Si este particular no importase un carajo no se podría haber utilizado el término tan en vano como las iglesias utilizan el nombre "Dios". Gracias a que el término no significa nada, nada de nada, podemos hacer con él lo que nos venga en gana y constituir innumerables entes de ficción nihilista, porque no vamos a encontrar nunca ningún referente ante el que tengamos que dar cuentas, esto es, ofrecer razones. El justo educa en la bondad (y que alguien se lo discuta) y el chorizo en el arte del choriceo (idem) con igual derecho y fundamento: el que se les pone a ellos en los cataplines.
El que se hable de "educación en valores", "educación para la ciudadanía", "innovación educativa", "educación transversal", "educación expandida", "educación comprehensiva", "educa- ción laica", "educación religiosa", todo eso y mil más, es posible gracias a que el término "educación" no significa objetivamente nada, y por tanto permite transitar por los ámbitos de lo no razonable, de lo irracional, de lo injustificable, sin tener que darle cuentas a nadie. Una autopista hacia ningún sitio de una comodidad pasmosa. Sólo se requiere poner cara de circunstancias. Con lo cual, el discurso tan moderno y tan 2.0 de este aficionado se nos sitúa desde el principio en un terreno viejo e intransitable (la senda trillada por todos los confiados), el territorio de la creencia indiscutible por vacua y exenta de fundamento. Este payo demuestra nada más arrancar que lo que nos trae es una fe. Que es un creyente. Que está convencido de algo que no tiene explicación posible. Como veremos más adelante y en próximas entregas, estamos ante uno de los pilares que sostiene lo que nos pretenden hacer tragar, a fuerza de hostias, por enseñanza en los últimos tiempos.
(INCISO:Los profesores no tendríamos que haber tolerado que para caracterizar nuestro oficio se utilizase el término "educación". Tendríamos que haber reaccionado como los maestros de lo taurino reaccionarían si a algún imbécil se le hubiese ocurrido llamarles "ordeñadores de astados". Pero entre el profesorado, mal que me pese, también hay mucho alelado).

2. La continuación es si cabe más esclarecedora. El aficionado no sólo es un creyente, sino que, sabiéndose en la verdad, pretende salvarnos y reparar nuestros errores. El aficionado es un activista de la creencia, un misionero. Y, gracias a los medios actuales de propaganda, no predica únicamente aquí o allá, sino católicamente, por todo el orbe. El aficionado es como San Pablo pero a lo bestia. El ideario de su secta así lo indica:

"ZEMOS98 es un colectivo de creación y producción cultural, de ámbito internacional, que desarrolla su actividad en Sevilla desde el año 1995. Está compuesto por un equipo de comunicólogos y tecnólogos de la imagen y el sonido que habitan la red Internet como un espacio más de comunicación, aprendizaje y creación". Ese ideario constituye a la secta como colectivo virtual, esto es, como ente meramente lingüístico, Espíritu Santo, razón por la cual, como ello mismamente indica, se define relativamente a una serie de conceptos, siendo algunos sólo aptos para iniciados: "ZEMOS98 -dice ello- se relaciona con conceptos como: arte, audiovisual, blogs, cursos, comunidades, comunicación audiovisual, cortometrajes, creación, copyleft, diseño, DIY, documental, educomunicación, educación, encuentro, escritura, etc, eventos, exposiciones, festivales, formación, instalación, inteligencia, intercambio, internet, imagen, mediateletipos, medios, música, multimedia, opensource, pensamiento, podcast, publicaciones, radio, redes, reflexión, remix, sociología, software libre, tags, televisión, video, videoarte, videoclips, voluble, ZEMOS98".

El principio de identidad lo tiene claro porque podemos ver que ZEMOS98 se relaciona conceptualmente consigo mismo. Es el pensamiento que se piensa a sí mismo. Es el Dios de Aristóteles, para que se entienda mejor.

Pero no querría que se me malinterpretase. No tengo nada que objetar al ente ZEMOS98 como tal. Me parece incluso muy riguroso en su espiritualidad. Además, no corren tiempos para ponerse, por ejemplo, marxista. Y menos con un ente configurado, como él mismo indica, por sujetos con una edad media de 25 años. Lo que me interesa es lo que subyace. Como veremos poco a poco, si las fuerzas no me abandonan y el gentil lector no desfallece, lo que aquí se pone de manifiesto es algo en lo que coinciden multitud de entes: la FERE, los hacedores de libros de "Educación para la Ciudadanía", las Escuelas Católicas, los eurocívicos, los diversos partidos que gobiernan las diversas instituciones estatales, los Cristianos Socialistas (liderados por Gregorio Peces Barba), los profesores misioneros (entidad que más adelante me ocuparé de precisar), la Conferencia Episcopal, el progresismo socialista obrero (especialmente las Juventudes y los Sindicatos adeptos), los profesores "happy" (entidad que también definiré), los pedagogos, las Fundaciones Católicas propagandistas (SM, Bruño, etc), la Fundación Santillana, los directores orgánicos, los innovadores neotecnológicos, o sea, todos esos que desde hace ya unos cuantos lustros han hecho todo lo posible por convencernos de que nuestro país es un país tercermundista integrado por jóvenes desarraigados y con escasas posibilidades vitales e intelectuales, con los que únicamente se puede practicar una labor evangélica y alfabetizadora, más basada en la pedagogía que Paulo Freire ideó para los parias de las favelas que la que pudiera tener en mente Balladur cuando propuso su modelo de "sociedad del conocimiento". Ni siquiera podemos citar como ejemplo a Freire, porque él se ponía a enseñar a leer y se lo tomaba en serio. A éstos de aquí hasta eso ya les importa una mierda. Se trata más bien de utilizar a los jóvenes (¡a los menores, uyuyuy!) como medio de la propia satisfacción. Servirse de ellos para realizarse, para disfrutar. Se trata de obtener la plenitud existencial del misionero que predica entre los bárbaros aún cuando los bárbaros no se lo merezcan ni tengan posibilidades de entender nada. Se trata de que los bárbaros se vayan contentos y nosotros también. De vivir la vida como una fiesta del Espíritu. ¡Ole, Zevilla! Tener a los negritos éstos de los españoles contentitos y bien encerraditos en su escuelita. Y con un paro del copón bendito.

Intentamos, en otras palabras, entender, por ejemplo, cómo es posible que un grupo supuestamente progresista, laico y simpatizante del Socialismo Obrero, como la Fundación Santillana (¡es que te tronchas!) encargue su libro de "Educación para la Ciudadanía" a doña María Ortega Delgado, trabajadora del Colegio Diocesano San Francisco y Santo Domingo de Vilamarxant y a doña Carmen Pellicer, teóloga catequista, asesora de la FERE (Federación Española de Religiosos de Enseñanza), experta en "didáctica de los valores" y "metodología de la participación". No me resisto a transcribir la forma en que a doña Carmen nos la presenta una publicación pía (los subrayados son míos): "Inquieta, con curiosidad intelectual y vital, esta valenciana, casada, con cuatro hijos adolescentes, profesora de religión en un instituto de secundaria de la periferia de Valencia, contagia su pasión por la educación. Ella es fundamentalmente maestra (en el sentido profundo del término), educadora. Volcada en la catequética y en la pastoral, ha realizado diferentes servicios a la Iglesia. Ha sido profesora en Oxford, en la Universidad de Valencia y es una de las personas m�s solicitadas en diferentes foros para hablar sobre interioridad, ciudadanía y pastoral juvenil. Con el ruido de fondo de los niños, tenemos la oportunidad de entrevistar a Carmen Pellicer, en el Colegio Paraíso SS.CC., de Madrid, en el descanso de una jornada de formación para equipos de pastoral de las Hermanas de los Sagrados Corazones".

3. El aficionado nos propone una segunda argumentación digna de consideración: "La enseñanza establece una relación de poder ilícita con la que hay que acabar. Los profesores manifiestan una supremacía jerárquica que no les corresponde elevándose en las alturas de las tarimas. Como esa altura no tiene un fundamento real, no posee un verdadero valor, eliminadas las tarimas se acabará con esa falsa supremacía".
No nos fijemos en lo idiota que es el argumento. Tampoco atendamos a que hace ya mucho tiempo que en las aulas no hay tarimas (¡no cabe ni un alfiler, cómo para poner escenario!). Ni siquiera pensemos que en las Universidades la relación espacial suele disponerse al revés (los alumnos arriba, los profesores abajo) lo cual no quita que se sigan manteniendo unas relaciones de desigualdad que, al contrario de lo que piensa este aficionado, no están basadas ni mucho menos en la ubicación espacial. Tampoco recordemos que esto es más viejo que la Tarara. Reparemos sólo en el presupuesto credencial que subyace a este discurso. En lo que él entiende que hay que hacer en el aula no puede darse una diferencia de status entre el profesor y el alumno, pues, sólo sintiéndose el alumno un igual puede prosperar en su educación. El alumno se integra cuando se da cuenta de que él ya está capacitado para enseñar. Porque no se trata de estimular su deseo de saber más, sino de curar su frustración de ignorante, en definitiva, de aumentar su autoestima para que sea un pobre desgraciado feliz. Ignorante, pero feliz. Es todo lo que se merece este paria. No será ingeniero, pero lo mismo se gana el cielo, o se enchufa a Internet a escribir con ortografía de majadero. El aficionado no se va a poner a enseñarle al alumno nada porque ni falta que hace. Él sólo se dispone a curarle. Su labor es espiritual. El aficionado es realmente un cura, un telepredicador. Se sumerge en la vida de los desventurados de las 3000 viviendas para ayudarles a superar sus desgracias, que el profesor no hace más que agravar, porque con su actitud desigualitaria las pone de manifiesto.

Pero lo interesante es que este miembro de Zemos'98, como otros pertenecientes a grupos de parecido ideario espiritual, no restringen su acción misionera a espacios claramente necesitados (3000 viviendas, Bombay, el Salvador, Etiopía, etc). No, ni mucho menos. Pretenden extender sus grandes principios educativos a la totalidad de la población, a la Humanidad entera... Lo que es verdad para nosotros es verdad universal. Al fin y al cabo el sujeto educativo actual, en el humanismo híbrido que disfrutamos es la Humanidad toda. Ya había ocurrido algo parecido con predicadores como Freire o Montessori, cuyas intenciones, aunque surgidas en contextos muy determinados (de depauperación social), pronto traspasan fronteras y se convierten en Grandes Verdades del Género Humano (en un principio tanto Mussolini como Hitler como el presidente Wilson aceptan el método Montessori; de Freire para qué contar: ¡citan frases supuestamente suyas las porteras y los torturadores!). Además, a los educadores cristianoides les ha venido de perlas este apostolado postcolonial: ya no tienen que desplazarse a remotos territorios para "ayudar" a los pobres niños desvalidos. Con coger un rato el coche y recorrer en unos pocos minutos el camino que les separa de su Instituto ya pueden dar rienda suelta a su vocación, que no es la de profesores de esto o lo otro, sino la de salvadores de almas, con la conciencia tranquila y el bolsillo intacto, porque ya sabemos lo reacias que son nuestras autoridades a pedir cuentas del dinero que nos pagan (si no fuera por el informe PISA no tendríamos ningún indicador del estado de la enseñanza en España, y aún así algunas Comunidades Autónomas se resisten a aceptar los resultados o a considerarlos dignos de interés).

El totum revolutum en el que cabe cualquier cosa con la única condición de que suene a diferente o a libertario (aunque lo que se proponga sea más carca que el canalillo y esté más obsoleto que el hacha de piedra) llega a ser de impresión. No hay más que atender a la presentación que hace el grupo Zemos'98 de uno de sus ejercicios espirituales:

"Entre nuestros referentes e inspiraciones a la hora de diseñar este simposio nos encontramos con el concepto de educación de Paulo Freire y Mario Kaplún -reformadores católicos hispanoamericanos-, las escuelas racionalistas de Ferrer i Guardia -masón librepensador-, el cine de Jean Vigo -anarquista de entreguerras- y la relación con el anarcosindicalismo político y la educación libertaria (Escuela de Summerhill -una panda de pijos-, Paideia, Escola da Ponte…), el vídeo como herramienta de transformación social, los medios de comunicación comunitarios, las radios libres, la Wikipedia, las telestreets o el teatro del oprimido".

4. Llegados a este punto nuestro gentil aficionado nos va a desvelar qué tipo de trato se piensa tener con el alumno, el cual, como ya hemos explicado, ha dejado de ser alumno para convertirse en otra cosa. (INCISO: Que el alumno se haya convertido en otra cosa es mentira. El alumno siempre sabe quien es el profesor y quien el alumno. Todas estas experiencias tan educativas se apoyan en una impostura. Hacemos que no somos profesores y los alumnos hacen que no son alumnos. O sea, se trata de mentirnos. De fingir. Y no hay nada más patético que un profesor que en su clase finge con convicción que él es "alumno". Salvo que no sea, o no quiera ser, realmente profesor, esto es, que sea realmente un meapilas. Un aficionado).

¿A qué nos exhorta este telepredicador? Muy sencillo. A retornar a la sociedad de bandas de cazadores y recolectores. Es decir, a la vuelta hacia un modo de relación social pre-agrícola, pre-neolítica, la que más o menos desarrolló el homo-sapiens antes del 10.000 a.C. Él mismo nos lo va a explicar con un ejemplo: los muchachos escriben en papelitos que se pegan de un color lo que quieren enseñar y en otros de otro color lo que quieren que se les enseñe (sería interesante saber si alguno puso en su papelito algo así como: "cálculo diferencial"). Entre ellos se reparten el saber, se lo redistribuyen. Se trata de aplicar un ancestral sistema económico a los conocimientos supuestamente de hoy en día. Los muchachos salen así fortalecidos en sus relaciones personales y además intensifican su lazos de pertenencia a la banda, frente a cualquier tipo de conocimiento ajeno que les pudiese trastornar, que les obligase a pensar más allá de la tribu. La satisfacción que procura este tipo de gestión económica la expresa con claridad el antropólogo Marvin Harris: "...en bandas y aldeas casi todos los intercambios ocurren entre parientes o al menos amigos íntimos, para los que dar, recibir y usar bienes está impregnado de un significado sentimental y personal" Es por tanto normal que los muchachos estén tan contentos con los métodos educativos del aficionado. Teniendo en cuenta que la mayoría de los alumnos de un Instituto viven en grupos cerrados, en barrios marginados (de pijos o de parados -antes obreros-), esta didáctica del papelillo recíproco ("banco común de conocimientos" dicen rimbombantemente) les pone en su sitio: la tribu de la que ni quieren ni pueden salir. En el caso de aplicar la didáctica del papelillo a miembros de etnia gitana el éxito puede ser estremecedor: la suficiencia que ponen de manifiesto, su chulería para demostrar que ya lo saben todo, que no merece la pena aprender nada, y mucho menos lo que diga un payo, esta prodigiosa paletez les hace firmes candidatos a la didáctica del papelillo. Además, cuando oigan "papelillo", se van a alegrar un montón.
La abundancia de grupos cerrados, endogámicos, en estos tiempos que corren, constituye un formidable caldo de cultivo para el triunfo de estas pedagogías paleolíticas: las bandas de "Latin", los grupos barriobajeros (reducidos ya a escoria social por obra y gracia de un sistema de enseñanza segregacionista), los grupos nacionalistas, los conciliábulos religiosos, los ultrapijos... Al fin y al cabo, lo único que quedaría al margen de esta pedagogía tan maravillosa sería una clase media creativa, abierta, permeable, inquieta, cosmopolita, deseosa de aprender, pero resulta que da igual, porque esa clase media ya no existe (si alguna vez existió tímidamente en nuestro país). Se la han ido cargando los partidos políticos para constituir grupúsculos de votantes cautivos, acéfalos (los tontos impunes), que les legitimen con sus votos la parcela de poder que pretenden dominar.

Clausura, cerrazón, aislamiento, endogamia mental, tribalismo, dictadura de la ignorancia, paletez, estrechez de miras, rechazo de lo Otro, de los Otros... Pedagogía de Juan Palomo, atribuible no sólo a un grupo humano específico sino en general a todo el país. Enseñamos en nuestra lengua autonómica lo circunscrito a nuestro territorio autonómico. Y lo hacemos intercambiándonos papelitos entre nosotros mismos, como en una especie de masturbación didáctica en grupo. Los canarios eliminaron de un texto lo referente al tren en la Revolución Industrial porque en Canarias no hay trenes (deberían haber eliminado todo, porque en Canarias tampoco hubo Revolución Industrial). Los estudiantes madrileños se pasan la mitad de su vida repitiendo la importancia hidrográfica del Manzanares, del Jarama y del Alberche. Geografía de la boina calada. Pedagogía de la caspa.

Y se preguntará el sufrido lector a estas alturas: ¿pero cómo casa todo esto con la Red, las nuevas tecnologías, los actuales sistemas de comunicación, todo eso que parece tan global, tan abierto, que obliga supuestamente a la multiplicidad idiomática, cultural, intelectual, social, etc? Pues de manera harto sencilla, le contestaremos. Reduciendo las posibilidades de la Red a su más zarrapastrosa expresión, convirtiéndola en "Red social de ayuda y terapia", para compartir "nuestras inquietudes y nuestros miedos". Red social emotiva, messenger-facebook-twitter de petardeo, de mesa camilla, de confesión sentimentaloide, primaria, infantil, pulsional. El aficionado no nos trae una Red 2.0 sino una Red -10000.0. Una Red en los albores del desarrollo de la inteligencia. Para que se entienda, pongamos que de la televisión nos quedásemos únicamente con esos programaS en los que una caterva de personajes hablan histéricamente de sus miserias mutuas. Parecería entonces la televisión especialmente apta para mostrar terapias de grupo, reuniones de vecinos, broncas de pareja... La clase tendría que repetir este modelo, y así copiaría el estilo del psicodrama, del talkshow... (Claro, y puede parecer una gilipollez lo que estoy diciendo, pero esta gilipollez fue el modelo innovador que muchos grandes pedagogos defendieron en su día. Acordémonos del estilo psicodramático aquel de Robin Williams en "El Club de los poetas muertos". A mí me llegó a llamar alguien de innovación pedagógica al Instituto preguntándome qué me parecía la película. Y estoy seguro que algún profesor enaltecido por aquel gran descubrimiento didáctico se llegó a subir a las mesas para gritar: ¡Capitán, mi capitán! La estupidez en materia de invención pedagógica -postulada como siempre beneficiosa no sé por qué- ha rozado las más altas cimas de la imbecilidad en innumerables ocasiones).
Continuará