jueves, 25 de noviembre de 2010

¡Me encanta esta señora!




Candidata y finalista varias veces, Ana María Matute olía que este año sí, este año había posibilidades de ganar el Premio Cervantes. Pasó una noche de mil demonios, sin dormir, inquieta, entre la ilusión y el temor al desengaño. Se despertó pronto. Pronto para ella son las diez de la mañana. "Todo lo que sea antes de las 12 me parece la madrugada".

Hay dos tipos de escritores: los que escriben por la mañana, pronto, como los Álvarez Quintero, y los otros, los buenos.

domingo, 21 de noviembre de 2010

sábado, 20 de noviembre de 2010

El "lugar de Dios"




A propósito de una entrada de Pseudópodo ("El lugar de Dios") que cita Serenus ("El motor inmóvil, un anzuelo metafísico"), escribo aquí la larga contestación, que no me cabía en la parca sección de comentarios.

Hola Serenus,
como humilde y obediente profesor de Metafísica, no me queda otra que aceptar el reto.
En primer lugar, hay que decir que nada tiene que ver este principio al que tú te refieres como “motor inmóvil”, o “forma pura”, con algo a lo que quepa llamar “Dios” en el sentido en el que la religiones bíblicas utilizarán tal nombre. Se equivocan garrafalmente dos comentarios (Joaquín y Alberto de Francisco), en la entrada de Pseudópodo que citas, cuando confunden el Dios de las religiones con el Dios de la Metafísica.
En los términos que nos atañen, no se trata de pensar al “Dios” del que hablan los creyentes. El Dios "vivo" de las religiones, ese con el que cabe una "relación", una "ligazón", muere, entre otras razones, por la Metafísica. Así lo dice Alain Badiou: “ El gran trabajo de mortificación metafísica de Dios comienza brillantemente con los griegos. Sin duda, se subordina al sentido, a la concesión de sentido, o a la totalización del sentido, pero lo hace economizando, al contrario que el antifilósofo Kierkegaard, todo afecto y toda inmersión existencial en esa concesión. En este sentido, el Dios de Aristóteles es ejemplar. Si se le concibe desde la vertiente de la física, es el sentido último del movimiento, en su condición de primer motor inmóvil. ¿Pero quién podría decir que la vida es un eterno reposo? Es la definición misma de la muerte, y tanto más si tenemos en cuenta que el Dios de Aristóteles mueve todas las cosas, no mediante una acción interesada, o a través de un comercio subjetivo, sino por medio de la atracción finalista de su supereminencia. Por consiguiente, este Dios sigue siendo, respecto de las cosas a las que mueve, completamente indiferente. ¿Quién podrá declarar viva a esta eternidad indiferente e inmóvil? ”.
Conviene entonces pensar qué principio es éste y en qué consiste su modo de ser principio, ya que no es el de una causa física. Si lo fuera no podríamos escapar del encadenamiento infinito de los “por qués”.
Los principios de las cosas físicas son dos: la materia y la forma. Cabe pensar tales principios de forma separada, pero no cabe que en la physis se den por separado. Por eso ni la materia ni la forma tienen autonomía física propia fuera de la cosa, por eso no constituyen entidades (ousia) en el sentido pleno. (¿O de otro modo sí? Ya veremos).
¿Cómo es la materia cuando se la piensa separada? Puro principio de individuación. –Número, sólo número–, sentenció un alumno brillantísimo en un 2º de bachillerato hace una semana, que va a suspender seguro porque es más vago que la chaqueta de un guardia el muy bellaco. –Sí–, le contesté –pero Número puro, sólo la Unidad, la perfecta referencia a lo individual, el modo de decir aquí y ahora.
¿Y la forma? –Acto puro entonces. Pura forma, esto es, pura Idea. Es el nombre de lo que tiene realizadas todas sus potencias y por tanto no tiene posibilidad de cambio. Es lo que se piensa como siendo lo que es y, por tanto, nada más que principio de determinación, la pura esencia de una cosa concreta (ti esti). Otra vez Badiou: “ Si observamos ahora a ese mismo Dios –a menos que se trate de otro, quién sabe– desde la vertiente de la metafísica, veremos que, siendo acto puro no tiene ningún otro oficio posible que el de pensarse a sí mismo, dado que no tiene ninguna razón aceptable para pensar ninguna otra cosa excepto su propia pureza. Aquí, una vez más, hay otorgamiento de sentido, dado que sólo suponiendo la existencia de un entendimiento agente separado de toda materia y soberanamente consagrado a su sola perfección es posible clausurar la teoría de la substancia como compuesto enigmáticamente singular de materia y de forma, o de acto y potencia. Y ello porque el principio de singularización, que es acto, o forma, debe revelarse en último término como singularidad absoluta, como acto que se agota en su propio acto, o como forma íntegramente separada. La palabra “Dios” da nombre a estas operaciones de clausura ”.
Si la explicación última del movimiento de las cosas físicas requiere el postulado de un motor inmóvil, que mueva sin ser movido, éste sólo puede ser acto puro, pura forma. Sin potencia, sin división, sin ubicación. Nada más que realidad noética, pensamiento que no puede tener como objeto más que a sí mismo, logos. El principio metaontológico de la metafísica es un principio lógico, porque al fin y al cabo todo logos ocurre siempre en dos planos: como referencia a otra cosa que sí y como referencia a sí. Al mismo tiempo. Jean Grondin, en “Introducción a la Metafísica”, lo expresa muy bien en una resumida y bella frase: “ Lo que en verdad le importa a Platón es saber pensar al mismo tiempo la separación y la no-separación de la idea respecto de lo sensible ”.
Esta idea es crucial para entender el asunto que preocupaba a Pseudópodo, el “lugar de Dios”. Y para poder, si no contestarlo, por lo menos plantearlo en sus justos términos. A veces no sé si Aristóteles lo captó suficientemente, porque sus críticas a Platón parecen poner de manifiesto que no se enteró de nada. Aún siendo más platónico que Platón en este caso. Pero parece siempre resistirse Aristóteles a asumir sus propias consecuencias y concebir que la realidad sea más compleja y tenga más dimensiones que las que dispone la realidad sensible y física de la cosa. Si algo es, ¿ha de ser sólo como la cosa? Si no es como la cosa, entonces no estará en un espacio ni en un tiempo, ni por tanto en un mundo. No hay dos mundos, el de las cosas y el de las Ideas, porque este último no puede ser un mundo. Platón nunca afirmó esta mentecatez, y para los que lo entendieron mal, como Aristóteles, escribió el Parménides, donde sale al paso de las inconsistencias en las que caerá sin remedio el que considere la cuestión de tal manera. Y si una lectura tan necia pervive en los libros de texto de Bachillerato, quizás sea porque en nuestro país todavía no se ha pensado la cuestión de verdad, sin topicazos intragables ni interpretaciones de raíz cristianoide. Otra vez Grondin: “ Las ideas no están realmente separadas de nuestro mundo, porque ellas son las responsables de la armonía, del orden, de la simetría y de la belleza que podemos contemplar en él. Si miramos bien, podremos darnos cuenta de que las ideas están manos a la obra, por todas partes, en el corazón de lo sensible ”.
Ese sea quizás el lugar. El corazón de lo sensible, que, sin el pensar, no llegaría al ser, porque no habría posibilidad de decirlo ni de conocerlo, porque sólo sería pura y nuda y muda extensión. Así lo entendieron después algunos teólogos, como Juan Escoto –“Dios se crea a sí mismo creando las cosas”– o Spinoza –“Deus sive natura”–, que no corrieron buena suerte. La otra teología insistió en poner lo dios en un lugar del más allá. Un lugar metafísicamente imposible e impensable. Pura y nuda y muda negación.
Para el que quiera las referencias:
Badiou, A., Breve Tratado de Ontología Transitoria, Barcelona, Gedisa, 2002.
Grondin, J., Introducción a la Metafísica, Barcelona, Herder, 2006.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Cocina fácil para Dummies



El nuevo libro de Inés, siempre un placer.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Juan Escoto Erígena (o de cómo en todos los tiempos cuecen habas)



"La última parte de la vida de Erígena es muy oscura. La hipótesis menos aventurada -pero no necesariamente la verdadera- es la de que murió en Francia casi al mismo tiempo que Carlos el Calvo, es decir, alrededor del año 877. La hipótesis más novelesca pretende que volvió de Francia a Inglaterra, después de la muerte de Carlos el Calvo, enseñó en la abadía de Malmesbury y murió asesinado por sus alumnos: a pueris quos docebat graphiis perfossus" (GILSON, E., La Filosofía en la Edad Media, Madrid, Gredos).