lunes, 29 de diciembre de 2008

Una joya (en las entrañables fechas)

Se llama Elena Serrano. Canta en el Coro de RTVE.
P.D: Para Idoia y para Eusebio

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sábado, 20 de diciembre de 2008

Sobre la acción (tercera entrega)



"Queda de esta forma bastante claro en qué sentido puede decirse que la actividad libre o superior y no instrumental es condición para alcanzar la verdad de las cosas mismas y, por tanto, para el genuino saber acerca de ellas (que es algo, en suma, tan simple como que para saber lo que es verdaderamente una flauta en la totalidad de su esencia hay que aprender a tocarla). El no apreciar las cosas y los actos que entran en el ámbito de la actividad instrumental más que como medios para alcanzar el objetivo propuesto, el no valorar de tales cosas y actos más que su función al servicio del fin perseguido y su utilidad para el logro del mismo es lo que, en definitiva, oculta a quien realiza esta actividad inferior aquellas cosas que utiliza y los actos que para ello ejecuta, lo que las descosifica y descualifica, apartando al sujeto de toda posibilidad de conocimiento estricto de lo que son. En la actividad servil o productiva, las cosas pierden su naturaleza porque pierden su significado al convertirse en simples significantes de otra cosa, o sea en mera apariencia.

(...)
Así pues, si "invertir el platonismo" significase darle la vuelta a Platón y declarar superior a la actividad instrumental sobre el uso libre y, por tanto, a la apariencia sobre la esencia, tal parece que la verdadera inversión del platonismo habría sido la modernidad, sobre cuya filosofía de la historia (en la cual la acción queda reducida a lo que Platón llamaría "producción") ya hemos dicho algo en las páginas precedentes. Es más, no se trataría únicamente de la filosofía moderna de la historia sino de la filosofía moderna tout courte, pues es de sobra sabido que ésta se caracteriza por un "giro copernicano" que implica la renuncia a la "cosa" en-sí" (y, por tanto, a aquella esencia que Platón llamaba a veces "idea" y que carece de especificaciones de espacio y de tiempo) como un residuo incognoscible y la "reducción" de la "cosidad" de las cosas a aquellos requisitos que permiten hacer de ellas objetos de conocimiento para un sujeto finito; sujeto que, desde luego, mira la naturaleza desde una perpspectiva instrumental y que sólo puede conocer de ella su apariencia, es decir, los fenómenos (término que conserva incluso la raíz griega de la "apariencia"). Esta "traducción" de las cosas al lenguaje de los fenómenos, y la consiguiente restricción crítica del uso de los vocablos más característicos de la tradición metafísica como "esencia", "substancia", etcétera (que no deben utilizarse ahora sin precauciones en la medida en que pretendan referirse a la mentada "cosa-en-sí" que rebasa las condiciones subjetivas de posibilidad del conocimiento teórico), es el presupuesto mismo de la filosofía moderna autoconcebida como crítica.
(...)

De las imágenes

Es de observar que la acción, considerada en cuanto tal, tiene una característica que, si hiciéramos caso de los prejuicios "metafísicos" con los cuales habitualmente envolvemos a los filósofos antiguos, parecería poco propicia para instituirla de este modo en candidata a una superioridad indiscutida con respecto, por ejemplo, a la producción. Esta característica es la que, muchos años después de Platón y de Aristóteles (pero siguiendo bastante de cerca su inspiración), Hannah Arendt llamó su fragilidad. En efecto, la acción es algo rigurosamente irrepetible, imprevisible y fugaz, que sólo se da una vez. Tanto es así que es dudoso que llegásemos a tener noción de lo que quiere decir "una vez" sino fuera porque la acción realiza y cumple perfectamente ese significado hasta el punto de que la una -la vez- no parece fácilmente disociable de la otra -la acción-. La vez es aquel donde y aquel cuando en los cuales se cumple la acción, la acción es aquello que se realiza solamente en esa vez, en ese cuando y en ese donde. Si transitamos del saber teórico al práctico, a nadie le resultará en principio sorprendente el que la cosa misma de la cual se trata -o sea, la acción- sea susceptible de ser experimentada a la luz de modelos o reglas, tanto más cuanto estos modelos se atribuyen, en Platón como en Aristóteles, al ámbito de algo llamado "el bien" o "la virtud". (...) En estos cánones ha de consistir el "saber superior" que Platón atribuye al usuario frente al productor (las "reglas inmanentes" del arte de tocar la flauta por las cuales reconocemos a un buen flautista y lo distinguimos de un principiante o de un inepto). La "acción ejemplar" será, como mucho, aquella en la que vemos cumplirse el modelo que define la perfección o el bien, pero en ningún caso debe confundirse tal acción con el modelo, completamente impersonal y anónimo, que ella realiza. Otra cosa es que postulemos -como es legítimo y hasta sensato postular- que, de no ser por tales acciones, nunca llegaríamos a hacernos una idea de los modelos de perfección, pero aún así seguirá siendo cierto que percibimos en las acciones algo distinto de la personal conducta de un individuo, a saber, el bien, la perfección o la virtud que en esa acción adquieren figura. Y "figura" es aquí una traducción apropiada de lo que tanto Platón como Aristóteles llamaban eîdos y que, declinado como "idea", ha dado lugar a esa lectura teoreticista a la que nos referíamos hace un momento. Pues estas figuras o ideas, como de pasada ya hemos señaado, no contienen ni el donde ni el cuando de su realización o cumplimiento, y el agente no tiene más remedio que buscarlos en su tiempo y en su espacio exteriores (exteriores, se entiende, a las reglas o modelos), y tiene que hacer eso cada vez. La regla de la acción recta sólo existe en la acción misma, como regla viva y vigente, del mismo modo que la regla del bien tocar la flauta sólo existe cuando alguien la toca bieny en el acto de tocarla. Esto significa que la regla de la acción -el eîdos, la idea, la "esencia"- no puede descubrirse mediante un ejercicio de penetración teórica o de deducción lógica sino solamente en la acción. En verdad, muchas acciones pueden ser fallidas o fracasadas (y hasta es posible decir en cierto modo que todas lo son, debido a la mentada imposibilidad de confundir la acción misma con el modelo o, por decirlo más platónicamente, lo sensible con lo inteligible), como el flautista puede fallar alguna nota o desarrollar una interpretación mediocre. Pero si los fallos o fracasos son experimentados como tales (cosa que jamás le sucederá a quien no conozca suficientemente el instrumento o la melodía que ejecuta), si permiten sentir la distancia que nos separa de la regla (y, por tanto la disparidad irreductible de la idea con respecto a sus interpretaciones), entonces podrá suceder que, al escuchar al flautista, no estemos escuchando solamente una bella melodía, sino la regla (que de suyo es inaudible) del bien tocar melodías y del bien tocar esa melodía" (PARDO, J. L., op. cit., págs. 101-107).



martes, 16 de diciembre de 2008

Demostración de la existencia del Dios Hiperpedagogo



Serenus recoge en su blog la reflexión en glorioso noticiero que Andrés de la Oliva escribiera a propósito de una estafa tan vituperable como las que en territorios económicos se vienen produciendo, pero que no por ello se deja de alabar y practicar a mansalva. Se trata de la estafa de "enseñar a enseñar".
Se me ocurrió, al hilo, la siguiente demostración:

- No se puede permitir que un licenciado en, por ejemplo, Bellas Artes, enseñe sin más porque su saber es teórico y desconoce la práctica docente, luego,
- será necesario otro licenciado que le enseñe a enseñar, el pedagogo, aunque, como su saber es teórico y desconoce la práctica docente, precisa a su vez,
- de otro licenciado, el pedagogo del pedagogo, que le enseñe a enseñar al que enseña Bellas Artes...

Y así

- necesitamos un número infinito de Metapedagogos que nos obligarán a que las Facultades de Metapedagogía inunden la faz de la Tierra o, si no,
- un Hiperpedagogo motor inmóvil, enseñante no enseñado, acto puro de la pedagogía, y a éste le llamaremos Dios o, si se es laico, Marchesi.