martes, 29 de abril de 2008

Por amor a los libros


«QUE NO ME CUENTEN MÁS CUENTOS»


Estrategias educativas para aprender a no LEER y a evitar la estupefacción falso-cultural (¿Tal vez para el Plan de Prevención de las Drogodependencias?)

A la vista del interés mostrado por el M.E.C. y otras instituciones pseudo-educativas en la propagación de la lectura de cualquier modo y a cualquier precio, y la sospecha que provoca en nosotros que actividad en otro momento tan irritante para las Administraciones del Poder ahora sea aplaudida y promocionada —como ha ocurrido también con el sexo, o con el pensamiento crítico—, nos vemos en la obligación de investigar si verdaderamente eso que llamamos ‘lectura’ constituye todavía una actividad liberadora y capaz de despertar nuestra vida común y mantenernos alerta, o si por el contrario estamos ante otro vehículo de transmisión del pensamiento que los ejecutivos de la Cultura han logrado colonizar de modo tal que, tras apropiárselo, pierda la capacidad subversiva que ha tenido hasta la fecha y se convierta en mero objeto de consumo, esto es, en producto que genera beneficios en aumento gracias a su extensión por un mercado cada vez más amplio de individuos inconscientemente dependientes de él (estupefaciente cultural).

En este sentido el Libro-revelación habría pasado a convertirse en Libro-narcótico, al modo en que ocurre con los libros sagrados de las religiones, cuyos ejecutivos, como bien sabemos, siempre han estado tremendamente interesados en acostumbrarnos a leer, —entendido este acto no como un leer propio, sino como ‘creer en la Palabra’, esto es, que te lo lean— perdiendo el lenguaje su posibilidad de razón para constituirse en mero objeto de adoración irracional, situación que justifica enteramente que aprovechando esta oportunidad, cumpliendo nuestra labor de docentes no empresarios (esto es, públicos) y no catequistas (esto es, no confesionales), prestemos atención al hecho que en este momento consideramos ‘leer’ y, sobreponiéndonos a posturas empresariales o sacerdotales, analicemos 1) si en efecto, de no mediar un interés personal e impropio de un docente público y no confesional, merece la pena inculcarlo, 2) si nos vemos en la situación de corregirlo salvando lo que en él haya de soportable, o 3) si, en el caso extremo, debemos negarnos tajantemente a colaborar con lo que se nos revelaría ya, tras tantos y desesperanzados años de cultura escrita, como un simple mecanismo de manipulación e idiotización de la sesera colectiva en manos de sinvergüenzas sin escrúpulos.

Para desarrollar lo anterior, ofrezco el siguiente programa, donde lo que voy a entender por ‘leer’ sólo tiene que ver tangencialmente con lo que en los círculos empresario-píos se entiende por tal. Para diferenciar los dos sentidos, ayudándome de la grafía que el profesor García Calvo suele utilizar para los asuntos referentes al Poder, escribiré el Leer orgánico con letra grande y el otro, el marginal, con letra pequeña.

Hagamos pues frente a lo que habitualmente se dice del leer, para mostrar lo poco que tiene que ver con el auténtico leer.

Helo aquí:

1. Leer es conveniente para el desarrollo intelectual. En absoluto, es más, en la mayoría de los casos es incluso contraproducente, nocivo, idiotizador. La lectura habitual, esto es, lo que se lee simplemente por leer, que suele ser lo mismo por temporadas (depende de que alguno de los de siempre gane un premio, o de que otro haga un cierto tiempo con ceros que lleva muerto, o de las rutinas de los escritores de nómina para cobrar su sueldo), está hecho para no provocar el más mínimo efecto intelectual, sino una simple secuela sentimental, que se disipa tan pronto como los ojos pierden el contacto con las letras. Observemos un vagón de metro. ¿Qué vemos? El diario deportivo, periódicos leídos a la velocidad de titular, autores nacionales de los que te meten por los ojos, el libro-entretenimiento del último de moda, o cualquier revista de varietés de las que educan para los valores (paz, amor, sexo, jardinería, etc…), o sea, el Lecturas, para no ir más lejos. Algún rarito lee un libro sesudo, pero todavía la extrañeza del analista es más profunda atendiendo a este infrecuente caso, porque dando tumbos uno no se figura quién puede enfrentarse a Crimen y castigo o a la Introducción al psicoanálisis. En definitiva, el leer sirve para que pasen el rato, para que no se enteren de que están viviendo —como los presos de las cárceles, que en todas gozan de biblioteca—, en definitiva, para olvidarse (la anti-actividad intelectual) y mejor harían los lectores mirando y observándose que narcotizándose con la lectura.

2. Leer es un buen hábito. Mentira. Leer efectivamente es una actividad repetitiva, inconsciente, incapaz de procurar sorpresa. Con lo cual, sólo será buena para aquéllos que crean que lo que se convierte en habitual y ordinario tiene valor. Estamos ante la ética de los que necesitan ser creyentes, y que, para justificar su creencia, obligan a los demás a comulgar con ruedas de molino, a apuntarse, sabedores ellos, los muy ladinos, de que su creencia no tiene ninguna justificación racional y que, por tanto, sólo hay una forma de creerse que lo que uno cree vale la pena ser creído: que lo crean muchos, aunque tal número haya sido generado por el mero proselitismo o la sórdida manipulación, esto es, por la rastrera formación de una feligresía.

3. Leer procura felicidad, en concreto, lo que se entiende de común por tal: divertimento, entretenimiento, dispersión, enajenación, huída. Lo cual es del todo punto cierto. Y esto, para los abanderados del descerebramiento y de la pérdida de contacto con lo que hay, los creyentes, constituye todo un mérito. Leer, por el contrario, implica reflexión, y la reflexión, sobre todo si es radical, es cualquier cosa, menos divertida. El leer es un esfuerzo que supone estudio y concentración, y que no tiene nada que ver con lo que habitualmente se considera ‘felicidad’, con la satisfacción versión Disneylandia, que es la única que entienden aquéllos que se han formado teniendo al ratón Mickey como modelo incomparable de conducta.

4. Leer ayuda a ser tolerante, solidario, pacífico, y toda esa mandanga… Quizás sí. Y por eso mismo, habría que alejar de la LECTURA a todo aquél que no queramos convertir en un hipócrita de tomo y lomo, en un caritativo laico de ésos que ahora nos rodean, y que ya no llevan permanente y abrigo de pieles en cristiana mesa peticionaria, pero que no por ello dejan de ser tanto o más siniestros.

5. ¡Que Lean cualquier cosa, pero que Lean!, se dice. Y esto tiene su miga; porque no parece que pudiéramos admitir la frase “que coman cualquier cosa, pero que coman”, habida cuenta de que el interfecto deglutiente se podría emplear con la sosa cáustica. Los que mantienen esta sana opinión pretenden hacernos creer que no hay lecturas que produzcan en el cerebro igual efecto que la sosa cáustica en el aparato digestivo. Incluso, en el colmo de la finura dialéctica, se atreverían a llamarnos ‘inquisidores’, pues qué derecho tiene nadie a decidir lo que se debe y lo que no se debe leer, de no tratarse de un censor de los suyos, que suelen recibir tal gracia de la divina providencia, musa que lleva siglos soplando al oído de los doctores de toda laya —ateos nietzscheanos o piadosos de pronta jaculatoria— el índice de lo conveniente. En definitiva, se trata de no admitir la posibilidad de formar al lector, predicando la ausencia total de criterio, como si a estas alturas no hubiésemos aprendido nada de lo que se ha escrito. Es más, se trata de seguir sosteniendo que sólo posee criterios de objetividad aquél que puede determinar numéricamente lo que tiene entre manos, el que puede medir, pero que los otros son meros ‘animadores culturales’, un pequeño lujo que nos permitimos los occidentales, que nos sirve para tirarnos el pisto en los saraos de copa y canapé, y cuyo trabajo puede ser en cualquier momento asumido por el primer aficionadillo que pase por allí con ganas de colaborar. De seguir este planteamiento los profesores de Letras (sea cuáles sean las letras de las que se trate), estarían definitivamente rematados, recluidos a la función estúpida de bufones para una corte de mentecatos. Si encima ese “¡Que Lean!” se traduce en “¡Que Compren y Consuman!”, el asunto raya lo intolerable, porque entonces el bufón se habría convertido en puta consentida, de un chulo al cual le daría lo mismo ocho que ochenta, pues lo único que busca el mozo es la pasta fresca de sus despreciados clientes, si es empresario, o la fácil justificación de su nómina de ‘responsable cultural burocrático’ (las hay de escándalo), si es un miembro de la administración.

6. La enseñanza de la Lectura es un objetivo prioritario del actual sistema educativo. Mentira podrida. La educación de la lectura para nuestro Ministerio tiene el mismo valor que el cuidado de los caniches, por poner un caso. No se la cree ni lo más mínimo, y ni siquiera se cree un ápice la efectividad de los profesionales que Él mismo costea. Es capaz el mameluco Ministerio de las narices de ofrecer dinero para fomentar la lectura al margen de los maestros en el arte de enseñar a leer, como si no se enterase de que esta labor ya está siendo realizada y que en la mayoría de los casos el único obstáculo es Él mismo, o todavía peor, como si no confiase en que esa institución de los maestros en letras sirviese para algo, y por tanto, estuviese justificado el suplantarla (o ayudarla que queda más mono) con cualquier sucedáneo. Pongamos un ejemplo del sinsentido de esta situación: ¿qué diríamos si al salir de la consulta de un cirujano nos parase un arquitecto que nos dijese que el insalud, sensible ante su buena voluntad y accediendo a satisfacer su oculta afición, le ha otorgado una ayuda para permitirle completar el tratamiento del doctor? ¿Cuánto tiempo duraría el arquitecto sin la camisa de fuerza? ¿Por qué entonces estas cosas sí son tolerables en nuestra profesión?



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lunes, 21 de abril de 2008

Clasificación de las artes



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